Otra vez, Gran Hermano se asoma al límite de lo tolerable. Mientras el reality sigue su marcha, una charla entre Catalina Gorostidi y Gabriela Gianatassio expuso, sin filtros, el lado más crudo del espectáculo: la indiferencia y el morbo con los que la producción juega con la salud mental de sus participantes. Todo ocurrió en el patio, en una de esas pausas forzadas que la casa impone, donde las estrategias se cocinan y las alianzas se rompen con la misma velocidad con la que se enciende una cámara.
Catalina, que ingresó nuevamente tras la salida de Furia, dejó escapar un comentario trivial, pero cargado de historia personal: "Ya habré engordado como cuatro kilos". Gabriela, con la dureza propia del encierro, le disparó de inmediato: "Pará, no empecés a ser neurótica". "No quiero", fue la respuesta de la médica, a lo que la brasilera, le contestó con visible preocupación: "Si vos sabés que tenés problemas de alimentación, arreglalos en la mesa también".
Y ahí quedó, flotando en el aire, un tema que la producción prefiere esquivar mientras sigue exprimiendo el drama humano por rating. No es un secreto. Catalina fue abierta al hablar sobre sus trastornos alimenticios. En redes, antes de ingresar a la casa, reveló lo que muchos sospechaban: desde los 17 años viene batallado con la anorexia y la vigorexia. Su internación por rabdomiólisis, resultado de un entrenamiento extremo, fue un campanazo de alerta que parece haber caído en oídos sordos dentro del reality. Gran Hermano lo sabe. Y, aún así, la mantiene dentro del juego, expuesta a la misma presión y escrutinio que la llevaron a esos límites.
El reality, sin embargo, no se detiene en la búsqueda por engrosar los números de audiencia que, a simple vista, se notan que ya no son los de antes . Sigue siendo un circo moderno donde las miserias humanas se convierten en contenido. La producción se enorgullece de su "experimento social", pero en la práctica, lo que hace es encerrar a personas en un ambiente artificialmente hostil y esperar a que colapsen, todo con el aplauso cómplice de la audiencia. Catalina no es la primera ni será la última en exponer su fragilidad en la casa. El reality se alimenta de estas historias, las vende como entretenimiento y luego las desecha cuando ya no rinden en pantalla.
Lo cierto es que la imagen de Cata en pantalla generó preocupación del público, sobre todo de aquellos que ven diariamente el programa. "Chicos por Dios, saquen a esta chica de ahí. No está bien. ¿Por qué son así de hdp la producción? A parte está en televisión abierta donde lo ve muchas gente hasta adolescentes y empiezan a trastornarse también con la alimentación y la dismorfia corporal", escribió una internauta, preocupada. Otros usuarios, en cambio, fueron más contundentes: "No sé qué hace en la casa sí tiene un problema alimenticio, no es el lugar donde se va a recuperar. Ojalá que la saquemos pronto para que se recupere afuera".
¿Hasta qué punto es válido explotar las inseguridades, los miedos y los trastornos personales por unos puntos más de rating? ¿Dónde está el límite entre la televisión y la ética? Gran Hermano promete revelar la esencia humana, pero lo que muestra es un espectáculo cada vez más oscuro, donde las emociones y las heridas psicológicas se convierten en moneda de cambio. La pregunta ya no es quién ganará, sino cuántos más quedarán marcados por este juego despiadado.