03 Abril de 2025 10:56

Las llamas danzaban en la oscuridad de la cárcel de Devoto, iluminando por momentos las siluetas de los reclusos que, furiosos, volvían a hacer oír su reclamo. Era la segunda noche consecutiva de protestas y la tensión se sentía en cada rincón del barrio. Vecinos atónitos observaban desde sus ventanas, mientras el estruendo de tachos golpeados con furia retumbaba en las calles. "La universidad es de todos", rezaba una pancarta improvisada colgada en una celda, flameando con cada ráfaga de viento.
Todo comenzó con una medida inesperada: la prohibición de los centros de estudiantes dentro de las cárceles, dispuesta por el Ministerio de Seguridad Nacional, a cargo de Patricia Bullrich, en la Resolución 372/2025. La decisión cayó como un mazazo en la comunidad carcelaria, donde la educación representaba no solo una oportunidad de superación, sino también una forma de supervivencia en un entorno hostil. "Nos sacan lo único que nos queda", gritaban algunos desde sus pabellones.
La protesta del martes por la noche fue solo el comienzo. Prendieron fuego colchones, sábanas y cualquier objeto inflamable que tuvieran a mano. La llamarada iluminó las ventanas enrejadas y el humo se esparció por el penal como una sombra furiosa. Al día siguiente, la escena se repitió, pero con un agregado: la "batucada" carcelaria, un estruendoso ritual de resistencia. Al ritmo de golpes metálicos y cánticos de protesta, los internos desafiaban la prohibición con una convicción inquebrantable.
Desde el Servicio Penitenciario Federal intentaron minimizar la gravedad de la situación. "No queman colchones", aseguraron a la prensa, en un intento de controlar la narrativa. Sin embargo, los videos que circulaban en redes sociales mostraban otra realidad: fuego asomando por las ventanas de los pabellones, gritos de protesta y el eco de un conflicto que apenas comenzaba.
La resolución del Ministerio de Seguridad justificaba el cierre de los centros estudiantiles con un argumento contundente: "la permanencia prolongada en estos espacios impide el cumplimiento del tratamiento obligatorio para la reinserción social". Pero los presos de Devoto no aceptaban esa explicación. Para ellos, la educación era más que un derecho; era su única conexión con un futuro posible fuera de esos muros.
La madrugada del jueves fue testigo de un nuevo capítulo de esta revuelta. Pasada la medianoche, los gritos volvieron a cortar el silencio. Esta vez, además de las llamas y los golpes rítmicos, aparecieron nuevas pancartas en las ventanas: "Tenemos derecho a la educación 1985-2025" y "CUD. 40 años". El mensaje era claro: el cierre de los centros de estudiantes no sería aceptado sin resistencia.
Desde el Gobierno, la respuesta fue tajante. "El orden y la disciplina no se negocian: las reglas están para cumplirse", publicaron en la cuenta oficial del Ministerio de Seguridad. La advertencia estaba lanzada. Ahora, la gran incógnita es hasta dónde están dispuestos a llegar ambos bandos. Mientras tanto, en Devoto, las llamas siguen encendidas y el eco de la protesta resuena en cada golpe de tacho, en cada grito desesperado, en cada bandera que se niega a caer.